El Desarrollo: un tema casi ausente

07.08.2011 16:23

 El debate sobre las estrategias de desarrollo apenas están siendo abordadas en el actual debate político en Uruguay, a pocas semanas de las elecciones nacionales. Parecería que está cristalizándose un consenso nacional que hace desvanecer las diferencias, y de esa manera, poco a poco, uno de los temas clásicos de la izquierda se encoge.

Los conceptos y estrategias sobre el desarrollo nacional están recibiendo poca atención en el debate político. Parecería que esa ausencia no es meramente coyuntural, sino que tiene algunas razones profundas. Por lo tanto vale la pena adelantar algunos apuntes que llamen la atención sobre este hecho.

Comencemos por señalar que la propuesta electoral del FA si bien ofrece una sección completa sobre el tema del desarrollo, no brinda definiciones explícitas. En esa propuesta, así como a partir de las declaraciones de sus dirigentes, o la práctica gubernamental de los últimos años, está claro que el acento está en concebir el desarrollo como crecimiento económico. A su vez, para lograr ese crecimiento se subraya en especial el papel de la inversión, las exportaciones, y la responsabilidad macroeconómica. El bienestar de las personas sería una consecuencia de ese crecimiento, sea por medios indirectos (efectos derrames) o por acciones directas (asistencia o intervención estatal).

El núcleo duro del crecimiento económico

Aparece así un “núcleo duro” sobre el desarrollo, y que por cierto es común en varios países de América Latina, desde Chile a Brasil: la centralidad del crecimiento económico, que se nutre esencialmente de un incremento de las exportaciones y de atraer inversión extranjera. Un escalón más abajo estarían las medidas de apoyo, como acciones en educación, energía, asistencia social, etc.

Esto significa que probablemente tienen algo de razón tanto quienes sostienen que estas propuestas son similares a la de la oposición, como los que defienden sus diferencias. Por un lado hay una semejanza clave, ya que el Partido Nacional también apela al mismo núcleo duro del desarrollo. La propuesta de izquierda no pone en duda esas ideas, pero invoca un papel más activo del Estado, tanto en el plano económico (por ejemplo por la llamada “nueva institucionalidad que ayuda al crecimiento económico”), como mediando con acciones de amortiguación y compensación social. En cambio, la propuesta nacionalista otorga un papel menor al Estado y deja muchos de esos componentes librados al mercado.

Establecidas muy esquemáticamente las similitudes y las diferencias, es importante advertir que al asumir esas ideas, los líderes progresistas no sólo aceptan un conjunto de conceptos, sino que quedan atrapados en un cierto tipo de gestión pública, donde varios de sus contenidos generan una singular tensión con el “espíritu” propio de la izquierda.

Al generarse una suerte de consenso nacional sobre esta visión del desarrollo pierde sentido debatir en esos temas. No se abordan, por ejemplo, la regulación sobre los flujos de capital, el peso del capital extranjero en la economía nacional, las distintas formas de inserción internacional, o cómo se estructuran los procesos productivos. Esos y otros viejos debates, muchos de ellos propios de la izquierda, se desvanecen.

No es mi intención en esta nota analizar las bondades o limitaciones de los distintos conceptos que se aplican, sino que deseo llamar la atención sobre un paso previo: la discusión sobre esas ideas, que siempre fueron un hervidero en la izquierda, se está encogiendo. Debería analizarse si factores de este tipo no son una de las razones de la chatura de la actual campaña electoral.

Los caminos del crecimiento

También se erosiona el debate sobre el desarrollo dentro de las propias corrientes de izquierda. En ese sentido, parecería que las posiciones que representan Mujica y sus seguidores, y aquellas de Astori y sus simpatizantes, tampoco ponen en discusión la esencia de los estilos de desarrollo, aunque posiblemente los recorridos son diferentes.

En el caso del astorismo, el debate sobre el desarrollo parecería estar muy enfocado en una administración económica y contable; es una postura esencialmente instrumental, donde el Estado debe promover el crecimiento económico, e intervenir en la menor medida posible en la economía nacional, y muy dependiente de la globalización (sea por las exportaciones como por la inversión extranjera). En otras palabras, se descansa en la pretensión de una administración eficiente del capitalismo contemporáneo, y la capacidad estatal en amortiguar y compensar sus impactos sociales.

En el caso del mujiquismo, sería interesante examinar con más detenimiento si más allá de las metáforas en el discurso, esos grupos no se han quedado sin sustento conceptual para invocar otro estilo de desarrollo. ¿Cuál es la economía política que proponen? No está claro, y son más evidentes las diferenciaciones por sus propuestas instrumentales (por ejemplo atraer inversiones agropecuarias, pero asistir a los productores afectados). Sería un “capitalismo benévolo”, con un Estado paternal que asiste a los más afectados. El punto interesante es que si bien por momentos ese discurso tiene estéticas y contenidos nacionalistas y populares, no logra generar una base conceptual de un desarrollo autónomo y nacional, con mayores márgenes de maniobra frente a la globalización.

Un ejemplo concreto permite ilustrar estas tensiones. Se ha hablado bastante de la extranjerización de la tierra, incluyendo la cuestión de medidas sobre su propiedad. Esto podría interpretarse como una postura de autonomía nacional, y que invalidaría lo que más arriba se acaba de afirmar. Pero en realidad, mientras se habla sobre quiénes son los dueños de los campos, nada se dice de la profunda transnacionalización y extranjerización de las empresas agropecuarias en nuestro país. Enfrentamos el impactante hecho que buena parte de frigoríficos y arroceras ahora están en manos de compañías brasileñas, mientras que la agricultura de granos es manejada cada vez más por empresarios argentinos, tan solo para citar unos casos.

Mientras que unos defienden el ingreso de capitales extranjeros como una forma de motorizar el crecimiento, otros no logran articular un vía alternativa frente a la extranjerización de las cadenas productivas, y por lo tanto sólo pueden ensayar medidas de compensación. Sin duda que los 60 millones de dólares que el MGAP otorgó en asistencia a unos 30 mil agricultores uruguayos en los últimos cinco años, es un apoyo impresionante. Pero eso no impide advertir que en paralelo están en marcha una extranjerización productiva fenomenal.

Un examen más riguroso de esta situación indicaría que es necesario un debate sobre quiénes y cómo se controlan, regulan y se apropian de los procesos productivos, y cuál es el papel de la inversión extranjera y la inserción internacional del país. En otros países, una izquierda moderna está discutiendo esa cuestión con ahínco.

Entretanto, como esta práctica del desarrollo no se discute, se termina viendo con naturalidad que el propio Estado apoye y subvencione la extranjerización de la base productiva. Este sesgo, que también está presente en países como Chile o Brasil, se expresa por apoyos estatales al capital extranjero, tanto por vías directas (por ejemplo exoneraciones tributarias), como indirectas (tratados bilaterales de inversión, permisos sociales y ambientales, etc.).

Parecería que se acepta una economía de mercado transnacionalizada, y un papel dependiente, y a cambio de esto un Estado un poco más enérgico, que utiliza proporciones mayores de los excedentes no solo para mantenerse, sino también para financiar programas de compensación y amortiguación social. Habría que explorar si no se está generando un nuevo pacto social, donde ya no se discute la esencia del desarrollo, los encadenamientos productivos, el papel del capital extranjero, y otras cuestiones conceptuales de esa envergadura, debido a que se acepta contar con ciertos mecanismos de protección y asistencia social. La legitimación de las corrientes progresistas como parte de la izquierda histórica ya no se basaría tanto en postular otro tipo de desarrollo, sino en contar con esos programas sociales de compensación social. Sin duda que esos esfuerzos son muy importantes, pero no resuelven la problemática sobre lo qué entendemos por desarrollo y cuáles son sus alternativas. Esa cuestión sigue pendiente.